jueves, 9 de noviembre de 2017

Nora

Si me preguntasen, no sabría decir como diantres llegué hasta allí. Recuerdo que corrí tanto, que al llegar a aquel lugar tan acogedor vomité hasta que sentí que los pulmones se iban a salir por mi boca. También recuerdo que después me desplomé sobre aquella pared lisa de piedra, y que cuando sentí que estaba a salvo, escondida, me permití dejarme llevar por el intenso dolor y descansé. Luego apareció aquella niña, justo después de que empezase a recobrar la conciencia... Y dejé de pensar con claridad.

La chiquilla, que no debía haber alcanzado aún la adolescencia, se sentó a mi lado. Sentí su cuerpo cálido emitir aquel calor que en parte, me agradaba a pesar de las circunstancias. Debía estar inquieta, pues aun en el sitio, no dejaba de moverse. Sentía que me miraba, que me estudiaba con nerviosismo. Estaba mirando mis heridas, mi aspecto en general. Si estaba asombrando a una niña... no debía estar demasiado bien. -Ho...hola...- me obligué a sonreír, porque al fin y al cabo, era una niña pequeña, tuviese la familia que tuviese. No es que me fiase, es que por humanidad... no me quedaba otra opción -¿Como... como te llamas?- intenté entablar una conversación con ella. No iba a ir por mi propio pie a ningún lado aunque quisiese. No podía ponerme en pie, así que al menos, hablar y saber por qué ella estaba allí era lo mínimo entretenido que podía hacer. Sin embargo, la chiquilla no me contestó. Al contrario, se volvió aún más inquieta e hizo señas que no llegué a comprender. Quizá las veía demasiado turbias. O quizás, ella no se estaba expresando bien. -¿Te han dicho que no hables con desconocidos?- ella negó con efusibidad. ¿Entonces? Señaló a su garganta. -¿No puedes... hablar?-
John

La carrera hacia el museo natural se hizo más larga de lo que en un principio esperaba y más aún si teníamos en cuanta que había comenzado a llover. Olivia al menos parecía estar verdaderamente segura de lo que hacía, por lo que deduje que debía conocer bien la zona. Al parecer, según me dijeron cuando las lideré, luchaban en nombre de los rebeldes al Imperio. Había oido hablar de ellos en el transcurso del último lustro. Para cualquier ciudadano que vivía fuera de las miserias prácticas del Imperio como yo, la resistencia de los rebeldes debía sonar como música celestial, gente que luchaba por el bien del ciudadano medio, gente que combatía por recuperar nuestra tierra... pero no era así. Hablábamos de recuperar un país completo de las manos de un Imperio extranjero que había cruzado el mar después de devastar en grandísima medida a la raza humana. Volstok no volvería a ser el mismo lugar. Jamás volvería a ser el mismo país, daba igual quien luchara y quién ganara. Los rebeldes también tenían su retórica, también tenían figuras públicas que de vez en cuando se dejaban escuchar cuando las fuerzas del Imperio estaban distraidas. También hacían política. Y fue la puta política lo que trajo esa maldita guerra, lo que causó que el Imperio de Gladeburg se alzase con sueños delirantes de superar al resto de potencias mundiales, de hallar una respuesta y una solución a la limitación del ser humano medio y comenzar el proyecto Neo Génesis. Proyecto que nos lideró a la situación actual. Por ello, corriendo tras esas dos mujeres, no me sentía más seguro que en una tasca rodeado de imperiales.

Llegamos al dichoso museo llamado Parque Manantial. El lugar era... decir quizá que era desesperanzador era decir muy poco. No había ni un sólo cristal intacto. La estructura estaba casi derruida, de forma que sólo quedaba en pie el esqueleto de acero, vigas y vigas apiladas que luchaban furiosas contra el tiempo por mantener en pie el techo del edificio. Afortunadamente, éste no tenía los agujeros necesarios para hacer el lugar deshabitable. Allí pudimos guarecernos de la lluvia, aunque las mujeres se mantenían alerta. Sabían caminar. Ambas llevaban encima un porte que apestaba a milicia. La forma de caminar en silencio con las rodillas dobladas en pasos cortos. Los hombros hacia alante con la espalda ligeramente encorvada. Olivia apuntaba la pistola que le robó antes de echar a correr al cadáver del capitán del Imperio de una manera profesional. Su edad, su complexión física. Esa mujer había combatido seguramente contra el Imperio hacía ya 10 años. Y era de la que menos me fiaba -Despejada esta zona- musitó con voz cansada. El pelo goteándole furiosamente por la frente
-No parece haber nadie- añadió Cassandra acariciándose uno de los brazos. Tenía frío
-¿Estás bien, cielo?- pregunté yo a Izzy, que estaba demasiado callada para lo ruidosa que era a pesar de que no podía hablar. La niña asintió con ojos pesados. Era tarde. Tendría hambre y sueño... -Maldita sea...- mascullé
-¿Qué ocurre?- preguntó Olivia con visible tensión en la voz
-Cálmate... es sólo que acabo de recordar que no he traido nada para que la niña pueda comer-
-Bah- escupió al suelo algo de agua de lluvia que se le acumulaba en los labios -Preocúpate por cosas más importantes-
-¿Consideras poco importante que una menor como ella no tenga algo que llevarse a la boca?- fruncí el ceño
-¿Teniendo en cuenta que estamos en busca y captura por asesinar a dos capitanes imperiales? Oh sí, sí que me parece poco importante. Escúchame hombretón. Tal vez no tengas ni la menor idea de con quién estás hablando, pero...-
-Estoy hablando con una mujer que tiene experiencia en combate- interrumpí, sorprendiéndola -Te he observado. Seguramente formaste parte del ejército, o de la policía, hace 10 años-
-Más de 10 años- aclaró -Y no era militar, pero sí fui agente de fuerzas especiales. Serví durante 20 años en el SFEV- Servicio Fuerzas Especiales de Volstok
-Cojonudo- esnifé con fuerza, mirando a mi alrededor -Realmente me da igual. Me da igual donde sirvieras y me da igual lo que una persona con tu experiencia en táctica militar sepa. O tus ideales. mi interés es cuidar a la niña-
-La niña es lo bastante mayor para saber en qué clase de mundo está viviendo- dijo en postura relajada, bajando los brazos, calmando la tensión de los hombros. Estaba cansada. Bastante cansada. Pude ver por un instante que hasta las personas más experimentadas y duras tienen momentos de debilidad. Sólo había que ver sus ropas destrozadas. Lo único que me hacía sentir la más mínima empatía por ellas era saber lo que les habían estado haciendo en el aparcamiento. Sobre todo a Cassandra, que era mucho más joven y con una complexión menos endurecida, o como ellos lo llamaban, "masculina", a diferencia de Olivia
-Yo soy lo bastante mayor para saber en qué mundo vivimos ahora. O tú, incluso. Pero dudo que Cassandra lo sepa aún con totalidad. Menos esta niña-
-Mira...- se pasó una mano por los cabellos -Me da igual ¿Vale?- dijo con frialdad -Yo no voy a poner un pie fuera de este recinto hasta que llegue el alba y menos por buscar algun triste conejo, ardilla o lo que coño sea que come esa niña-
-No te he pedido ni esperaba que lo hicieras. Saldré yo-
-No- dijo con una sonrisa socarrona -Tú no te vas a ninguna parte, abuelo- dijo, a pesar de que como mucho le sacaría unos 3 o 4 años de edad
-Yo puedo hacer lo que quiera- advertí con voz calmada y ella advirtió mi amenaza en ese tono de voz
-Inténtalo- alzó el brazo, esgrimiendo el arma. Me apuntaba de forma que el pulso no le temblaba lo más mínimo. Estaba acostumbrada a disparar. Sentí que Izzy se escondió tras de mí
-¿Vas a disparar a un inocente civil?- pregunté con ironía
-¿Inocente civil? Llevas un machete capaz de cortar la cabeza a un hombre con un golpe no demasiado fuerte. Lo tienes afilado y siempre a fácil alcance. Si me descuido me abrirás en dos y no lo tengo planeado en absoluto- hizo un ligero torcimiento de cabeza para crujirse el cuello
-Vamos Oli... no... no merece la pena- Cassandra le agarró el brazo con delicadeza. Casi se lo acarició ¿Es que ellas...?
-Cass...- suspiró la mujer -Tenemos que volver con William lo antes posible, tenemos que entregarle...- bajó la voz
-Pero este hombre no es peligroso. Nos ha ayudado, por Dios-
-Y ahora quiere salir a buscar algo para la mocosa ¿Te das cuenta de que si le ven, peinarán la zona y darán con nosotras?-
-Escúchame... yo sólo quiero salir un momento a ver qué puedo encontrar, regresar y darle de comer a la niña. Luego me marcharé y vosotras podéis tomar vuestro camino- hubo un ligero y tenso silencio. Estábamos en un museo natural y poco o nada que se pudiera comer debía haber en este lugar. Apenas era un edificio derruido donde la vida natural que se mostraba en él estaba pútrida y descuidada. Ni siquiera los animales irían ya a alimentarse de las pocas plantas que no eran casi ceniza. Veía en esos momentos cómo Olivia se lo estaba pensando, cuando se oyó movimiento lejano. Pisadas apresuradas
-Mierda- hizo un gesto con la pistola, indicándome que me pusiera tras ella -A cubierto, buscad un lugar donde esconderos- dijo en baja voz, agazapándose. Entonces los pasos se atenuaron. Bajaba el ritmo. Los cuatro retrocedíamos dejando atrás el hall e internándonos en los pasillos. Ese museo en su momento debió de ser precioso. Ahora sólo era piedra, plantas muertas, cuadros destruidos, escaparates hechos añicos... era el mejor ejemplo de lo que eran ahora nuestras vidas después de las bombas N3.

El silencio se hizo en el lugar, aunque estaba claro que alguien más había llegado. Sólo podíamos oir nuestra respiración, cada vez más agitada. Conforme nos habíamos internado en el museo, el aire estaba resultando más pesado. El polvo y la ceniza hacían mella en nuestras gargantas. Luchábamos por no toser, al menos los que teniamos voluntad para ello. Izzy no pudo evitarlo y terminó tosiendo. Le tapé la boca con velocidad al tiempo que Olivia nos disparaba una mirada furiosa. Aguzamos el oido todo lo posible, hasta el punto de que sólo oiamos nuestras pulsaciones lejanas opacadas por el repiqueteo lejano de la lluvia -¿Y si ha sido una falsa alarma?- preguntó Cassandra en susurros
-O nos están acechando- contestó incansable Olivia, que no mostraba confianza alguna en la situación que viviamos
-Sólo se oyeron pasos aislados. Debe ser una sola persona- reflexioné -Somos tres ¿Cual es el problema?-
-¿Que cual es el problema?- bufó Olivia -Que nunca vienen solos-
-Shhh- ordenó Cassandra y se señaló las orejas para que oyésemos. Pasos. El eco de unas voces. Eran ellos. Ese maldito acento extranjero. Eran ellos
-...ni una zona sin buscar- dijo aquella voz que cada vez sonaba más cerca, hasta ser audible. Desde el pasillo pudimos ver los haces de luz de las linternas. Habían entrado -No me cabe duda de que la chica ha debido entrar aquí-
-¿Chica?- Olivia frunció el ceño -¿Qué chica?- miró hacia Izzy -¿La buscan a ella, maldito seas?-
-Izzy es una don nadie como yo. No nos buscarán por nada que no sea por matar a esos hijos de puta. Y ella en particular no ha hecho nada malo- la protegí, rodeándola con un brazo
-¿Entonces a quién buscan?- se cuestionó, cuando una luz iluminó nuestro camino
-Eh, me ha parecido ver algo- dijo de pronto un soldado. Se oyó el clip del cargador chasquear al recolocarlo en el rifle. Esta vez no eran simples pistolas. Estariamos muertos si nos poníamos en su línea de tiro
-Mierda...- gruñó Olivia
-Oli...- Cassandra se agarró a ella con fuerza
-Cass... escúchame-
-No, Oli, ni de coña- sollozó la joven
-Escúchame, cielo. Escúchame- le acarició el rostro
-Oli que no. No- negó con la cabeza arrugando la barbilla
-Tienes que llevarle esto a William- se sacó de la bota un pequeño aparato. Parecía el disco duro de un ordenador -Por favor. Yo los retendré. Vosotros id con ella. Asegúrate de que no le pasa nada, abuelo-
-No podrás con ellos-
-Puedo, pero no tengo balas suficientes- dijo, orgullosa. Suspiró con fuerza, aceptando el destino que le deparaba
-Oli... no me pienso ir sin ti. No, eres tú la que se debe ir. Yo no sirvo para nada- continuó lamentándose Cassandra
-Sal, maldita zorra- ordenó el soldado, que ya estaba cerca
-Cassandra, esto no es negociable. Toma el disco y llévaselo a William. Dependemos de ello- entonces Cassandra volvió a negar con la cabeza. Sonrió. Se secó las lágrimas y tal como sospeché, besó dulcemente a Olivia en los labios pese a que le sacaba una diferencia de edad algo notoria
-Lo siento. Te quiero Oli-
-¿Qué...?- entonces antes de que Olivia pudiese hacer nada, Cassandra se puso en pie y echó a correr hacia el otro lado del pasillo de aquel cruce en el que nos encontrábamos, cruzándolo de lado a lado
-¡Eh!- el soldado iría tras ella, imaginé. Pero no. Abrió fuego en cuanto la vio. Los disparos del rifle se repitieron en un corto patrón y el cuerpo de Cassandra cayó al suelo lleno de agujeros. Izzy estuvo a punto de gritar, pero lo opacó el alarido de Olivia
-¡BASTARDO!- disparó. Abrió fuego. Se atrevió. Como buena rebelde luchó contra el Imperio. El soldado cayó abatido, pero la rabia hizo a la mujer gastar más balas de lo necesario
-¡Disparos! ¡Alarma, por aquí!- gritaron los otros soldados
-Vete, maldita sea- ordenó ella
-Vas a morir aquí- le recordé
-¡Que te vayas, joder! ¡Salva a la puta cría al menos!- se le quebró la voz -Que Cassandra no haya muerto en vano o te juro por todos los demonios que te buscaré y partiré los huesos que te queden sanos- escupió al suelo, malhumorada. Me arrojó el disco duro
-¿Para qué es esto?-
-Busca a los rebeldes. Busca a William Baker-
-Estás loca- dije poniéndome en pie y alejándome junto a Izzy, poco a poco -No pienso meterme en vuestras mierdas-
-¡Nos debes la vida, la tuya y la de tu mocosa!- gritó furiosa. El primer disparo pasó muy cerca nuestro. Los soldados nos encontraron. Afortunadamente yo había retrocedido lo suficiente en el giro del pasillo para que no me viesen -Cabrones- disparó Olivia un par de balas -Vete joder ¡Vete!- farfulló -Si no lo haces por ti al menos hazlo por ella ¿Crees que vais a llegar muy lejos así? William puede ayudaros. Puede ayudar a la cría- dijo mirándome a los ojos, con los suyos llenos de lágrimas -Y entrégale ese pedazo de mierda. He perdido a Cass por ello y no puedo permitir que se lo queden esos hijos de puta ¿De acuerdo?- la miré en silencio -¿¡De acuerdo!?- gritó
-Definitivamente estáis como una puta cabra- dije antes de darme la vuelta y empujar a Izzy. Ese pasillo nos llevaba a una especie de salida de personal autorizado, que daba a unas escaleras a la planta baja o más bien subterranea. Mientras descendíamos, aún oíamos los disparos. No llegué al final de las escaleras cuando dejé de oirlos, sin embargo. Suspiré. Izzy me cogió la mano, llorosa -Está bien cariño... Vamos a escondernos- torcí una esquina junto a ella para encontrarme con una sala de personal autorizado. La abrí con cuidado y sólo encontré oscuridad en el interior y un fuerte hedor a humedad. Cerré la puerta tras de mí y saqué mi mechero. Lo encendí para iluminar un pequeño area a mi alrededor. Arrastré con cuidado entonces una pequeña estantería contra la puerta haciendo el menor ruido posible para bloquear la entrada y por fin, me relajé un poco.

El lugar estaba lleno de plantas muertas, una a cada metro. Parecía una suerte de invernadero o laboratorio donde las estudiaban y las reproducían. Algunos ejemplares eran dignos de verse. Aún tras tanto tiempo muertas, la humedad y el frío que hacía en esa sala las mantenía con cierto aire del pasado. Algunos colores eran maravillosos -Izzy ¿Has visto esto?- pero nada, silencio, ni un ruido -¿Izzy?- la niña estaba al otro lado de esa larga sala. Muy, muy grande, observé, una vez la encontré. Estaba agazapada en un rincón entre dos muebles -¿Qué haces, cariño?- al acercarme entonces la vi. Una joven, bastante guapa debí admitir, pues hasta me sorprendió semejante visión en un lugar así. Estaba herida. Me percaté de que llevaba un rato caminando sobre goterones de sangre. Era de ella. Estaba pálida y respiraba con poca fuerza. Tenía magulladuras y moratones por doquier. El agujero en el hombro, sin embargo, era lo peor -Joder... ¿Y esto?- Izzy me hacía señales. Me señalaba todas las partes donde la chica tenía el más mínimo rasguño. Toda ella era una herida andante -¿De dónde cojones ha salido ésta ahora?- gruñí. Por guapa que fuese, era otra carga. Acababa de ver morir a Cassandra y Olivia y ahora otra herida. Izzy acabaría volviéndose loca. O eso pensaba. La niña se mostraba realmente preocupada, por el mero hecho de que sabía que aún estaba viva, pero perdiendo mucha sangre. Hacía aspavientos con las manos para que me moviera -¿Esperas que la cure? Pequeña, no soy médico- más gestos. Más aspavientos -Izzy... tenemos que movernos. Tenemos que irnos. Y buscar algo de comer ¿No tienes hambre?- pateó el suelo con fuerza al preguntarle aquello, inflando los mofletes en una visible furia en su mirada. Suspiré. Niña consentida... no pensaba dejar a esa joven en la estacada -¿Y qué puedo hacer...?- me encogí de hombros, pues realmente no es que me sobrasen los conocimientos de medicina, pero lo suficiente para saber que al menos debía taparle esa herida tan fea en el hombro. Me quité la chaqueta con cuidado dejándole el mechero a Izzy para que me iluminara. Bajo la chaqueta llevaba una sudadera y bajo la misma, una camiseta. De ésta última me desprendí quedándome desnudo de la parte superior. Se me herizó cada vello corporal del frío. Arranqué las mangas largas de la camiseta y con cuidado comencé a envolver el hombro de la joven para luego anudar ambas mangas con fuerza. No tardaron en llenarse de sangre, pero no perdería tanta. Debía reponerse. Ella también necesitaría comer algo y mientras tanto yo seguía sin saber si esos malditos imperiales seguían arriba. Recordé que mencionaron algo sobre una simple chica ¿Era a ella a quien buscaban? ¿Por qué? No parecía tener nada especial... pero no cualquiera podía llegar a entender los motivos del Imperio. Me volví a poner la camiseta, ahora sin mangas, la sudadera y la chaqueta y suspiré -¿Qué hacemos ahora, bicho?- Izzy se llevó una mano al estómago -Nos van a descubrir...- me rasqué la nuca. La pequeña se sentó junto la desconocida. Hubo silencio durante un largo rato, de forma que reflexioné -Izzy... ¿Serías capaz de quedarte y cuidarla?- la pequeña asintió enérgicamente -Tampoco podemos estar aquí sin saber qué nos rodea... Voy a salir con cuidado. Tú espera aquí y no hagas el menor ruido. Cuando salga vuelve a bloquear la puerta- volvió a asentir -Y abre sólo si...- pensé -Hago esto- di tres toques en el suelo, rápidos y breves. Finalmente un cuarto mucho más pesado -Será la señal de que soy yo ¿De acuerdo?- la niña asintió -Espero que no me la juegues otra vez- dije poniéndome en pie con un bufido. La niña sonrió con picardía e inocencia a la vez. Sólo ella era capaz de hacer algo así.

Salí con cuidado y con sumo silencio entonces una vez me autoconvencí. Era el momento de tener algo de iniciativa. Sólo esperaba que la niña estuviese bien con esa desconocida, aunque sospechaba que cuando recobrase algo de la conciencia, poco o nada podría hacer con tantas heridas. Sólo debían esperar... volvería lo antes posible.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Nora

Me faltaba el aliento mientras corría a aquella velocidad que ni yo misma sabía que poseía. La mano me temblaba cercana al bolsillo del pantalón, donde asomaba la culata de un revólver oscuro, por supuesto, robado. No quería usarla, pero los cielos sabían que en el peor de los casos, apretaría en gatillo sin dudar.

Quizá fue un mecanismo de defensa de mi propio cuerpo, quizás lo había hecho de manera inconsciente, pero llegó un momento en el que la velocidad de mi carrera se redujo, de manera que pude ver las luces de las linteras dibujadas sobre la superficie de los edificios que tenía frente a mí, a pesar de la intensa lluvia que estaba cayendo. También pude oír el ladrido de los perros, olisqueando mi rastro y señalando el camino que yo misma había tomado. Sabía de qué raza eran sin haberlos visto. Prácticamente, lo sabía todo de aquellos quienes me perseguían, y por ello, también sabía que dejarme capturar sería mi fin, o algo mucho peor.

Me retiré los cabellos de la cara que caían de la coleta que llevaba puesta. La lluvia y la carrera me estaban despeinando y por lo tanto, los pelos se me pegaban a la cara y al cuello. Estaba calada hasta los huesos y eso me incomodaba a la hora de correr. No podía más. Me dolía todo el cuerpo. Si hubiese sabido que me econtrarían tan pronto... Me dolía la garganta. Casi no podía ya respirar cuando divisé una estructura medianamente en pie. Sus puertas de cristal destruidas y sus carros de la compra desperdigados por el suelo, me hicieron entender que aquello, hacía diez años, debió ser un supermercado. Ahora, solo era un montón de ladrillos y ceniza. Sin pensármelo dos veces, cambié la dirección de la huida hacia aquel lugar. No tuve tiempo para descubrir cual era el mejor sitio para entrar. Salté los escombros conforme aparecieron en mi camino. Rodé por el suelo tras caerme y volví a ponerme en pie, para traspasar lo que quizás antes fue una ventana. Una vez dentro, la oscuridad me invadió. El sonido de las gotas de lluvia, los gritos de los soldados y el ladrido de los perros no me dejaron pensar con claridad. Finalmente, decidí esconderme bajo una encimera... o ¿Quizás fuera una mesa larga? No lo sabía. Estaba destrozada y llena de escombros, basura y suciedad. Recogí mis piernas y me terminé de ocultar bajo dos tablas de cartón que había en el suelo. Ahora solo me quedaba... esperar...

Los soldados se pararon a las afueras del supermercado. La luz de sus linternas se colaba hacia el interior según me buscaban. Oía como la lluvia caía sobre sus chubasqueros oscuros, así como las cadenas con las que sujetaban a los perros cuando tocaban el suelo y se arrastraban. Pero ver... no pude ver nada. No me atrevía. Me daba auténtico terror. Por eso, cuando los oí cerca, casi no pude pensar porque el sonido de mi corazón latiendo con fuerza era lo único se sobreponía a la voz de mis propias ideas. 
-¡No la encuentro!- gritó un soldado.
-Ha desaparecido, la muy zorra-
-Nos van a fusilar como no la encontremos ¿Me oís? Y si la encontramos, tened por seguro que nos bañaremos esta noche en billetes y lujo ¡Así que vamos! ¡No puede haber ido muy lejos, no en su estado!-
-Pues dividámonos. Tres hacia el Oeste, nosotros hacia el Este. Registrádlo todo... tiene que estar por aquí- Las pisadas sobre el suelo enfangados se intensificaron conforme se acercaron al supermercado. Por supuesto, los tres que se dirigieron hacia el Norte, lo primero que hicieron fue detenerse frente al supermercado. 

Los perros entraron con un olfato imposible de esquivar. Los soldados caminaron tras ellos, armas en mano, supuse. Estaba perdida. Lo supe en cuanto su campo de búsqueda se fue reduciendo lentamente hacia mí. Dieron golpes, abrieron puertas, buscaron bajo mesas, tras armarios... y antes de lo que hubiese deseado, los perros llegaron hacia mí. No me quedaba elección. Apreté el gatillo tres veces para infringir una herida invalidante, prácticamente letal a los dos animales que los soldados trajeron, quienes se vieron alertados con el sonido de los disparos. Tuve suerte de que estuviesen aún al otro lado del supermercado, pues me dio tiempo a salir de debajo de aquella superficie y girarme para disparar. No era una buena tiradora, de manera que cada disparo, fue una bala perdida en vano. Los soldados se cubrieron tras las estanterías y no conseguí herir a ninguno. Cuando apreté el gatillo y el arma dejó de emitir sonido, eché a correr. -¡¡¡Alto!!!- gritó uno de los soldados, quien acabó por disparar. La bala me perforó el hombro desde atrás. Juraría que la vi salir por la clavícula justo después de gritar de puro dolor. -¡No dispares, imbécil! ¡Si la matamos nos matarán a nosotros!- oí decir al otro soldado cuando conseguí salir. Si los otros soldados habían ido hacia la zona Oeste de aquel pueblo, de seguro yo no iba a tomarla. Corrí hacia las espaldas del edificio y corrí, una vez más en persecución, hasta que conseguir atravesar la ciudad y dar de bruces contra el bosque que la rodeaba. Un bosque que ya me había costado dejar atrás hacia a penas unas horas, pero... No me quedaba otra.

Las lágrimas se me derramaban de forma desconsolada por miedo y dolor. Agarrándome el hombro, encogiendo la barbilla y moviendo los pies a toda prisa, me vi nuevamente perseguida por el Imperio. Me dolía cada hueso, cada músculo, cada zona de mi cuerpo... un cuerpo que ya no me pertenecía, todo por culpa de ellos. Sentía que ya no podía más, que me iba a caer derrumbada y me iba a entregar, cuando caí. Caí de una forma que no esperé a una distancia que no había calculado. Resbalé por una ladera de fango que se desprendía conforme la lluvia se intensificaba más. Despeñandome entre las rocas y los troncos de árboles caídos, toqué por fin suelo liso. Me había herido más y golpeado más, sí, pero aquel resbalón había supuesto una ventaja. Volví a ponerme en pie y corrí. Corrí. Corrí sin mirar atrás.

No me podían atrapar. Si me atrapaban... se acabaría la humanidad.
Gustav

Ah, un nuevo día de trabajo completo para esta grandísima y gloriosa nación. Aquel era el único pensamiento que me infestaba la mente como una gran colmena de abejas que buscaban alimentar a la reina que era mi propio ego. Y vaya si lo hacían. En toda una sola jornada habíamos peinado la zona sur de la ciudad de Vlade hasta los bosques que militaban el condado con Dalwar. Qué magnífico día de caza. Me senté por fin mientras el sol caía en el horizonte, me quité el sombrero del uniforme y lo dejé sobre la barra de aquel bar de mala muerte que a duras penas se mantenía en pie. Varios de los chicos estaban desperdigados por el lugar. Ni un sólo civil. Y así estaba bien. Respetar el toque de queda era algo esencial si querían ser unos buenos nuevos ciudadanos del Imperio. Nuestro gran y amado líder estaría encantado con los resultados de una nueva conquista. Esperaba que pronto me llegaran noticias de sus opiniones al respecto -¡Gustav, cabronazo!- Emer, compañero de otra división, había llegado -¡Qué gran triunfo el de hoy!- se acercó hasta mi asiento y me abrazó con efusividad. Me sentía un caballero lleno de gloria
-Ah, Emer, ojalá hubieses estado aquí-
-Ya te digo- me dio con el puño en el hombro -¿Cuantos hoy?-
-Al menos una docena. Tendrías que haberles visto las caras-
-¿Hembras?-
-Cinco o seis- di un sorbo a mi copa cuando me fue servida. Cómo entraba el whiskey a esas horas.
-¿Potables?-
-Quizá. Júzgalo tú- hice un gesto con la cabeza hacia los cuartos de baño. Allí mis hombres hacían fila. En ese preciso instante salía uno subiéndose la bragueta del uniforme
-Oye... ¿Quién te crees que soy? No voy a meterla en el caldo de cultivo que están montando ahí tus hombres- gruñó, ofendido
-Eh, eres tú el que pregunta- me encogí de hombros, dando otro sorbo al whiskey -Además, son rebeldes ¿Qué esperas? ¿Que las guardemos para una ocasión especial?-
-Ya sabes lo que se comenta respecto al líder-
-A nuestro líder le gusta dominarlas, hacer de ellas sus juguetes y sólo si tienen cierta importancia. Nuestro líder es... es más que sexo. Es más que el placer carnal de meterla en caliente. Nuestro líder va más allá. Es algo mental. Es algo espiritual. Sólo busca acercar a las mentes y los cuerpos de esas mujeres a algo más cercano a la divinidad. Como nosotros-
-Tienes razón- asintió Emer -Imagino que el tiempo de nuestro líder no vale ni unos segundos de la vida de esas zorras guerrilleras-
-Y tanto que no- me encogí de hombros de nuevo -Son incluso... repulsivas, según. Hay una de ellas que tiene más músculos que yo ¿Te lo puedes creer?- Emer se rió y me dio un par de golpecitos en la barriga
-No es tan difícil Gustav- se mofó
-Te la estás jugando- le señalé con el dedo, risueño, en tono bromista
-No soy de las de tu gusto- contestó él jocoso
-En eso llevas razón. Sólo por eso, amigo mío, vas a estar a salvo-
-Bah. En ese caso me voy a pasar a echarles un vistazo ¿Estan todas ahí?-
-Algunas. El baño no es muy grande. Otras dos están por ahí atrás, en el aparcamiento. Hace algo de frío así que no esperes sacártela si no es para una mamada rápida- sugerí
-Uno nunca sabe cuando se entra en calor- se encogió de hombros y se marchó. Ah, el bueno de Emer. Un gran amigo y confidente. De los pocos en los que confiaba en la división de capitanes... Eramos poderosos, oh sí, pero a veces, uno se sentía terriblemente solo.

Ya había caido la noche y el alcohol me había subido ¡Estaba pletórico, aún así! Di permiso a todos mis chicos para que se divirtieran hasta altas horas. Habíamos limpiado la zona de rebeldes y no había rastro de más, de manera que poco combate habría que entablar. Salí al exterior a fumarme un cigarro. Las estrellas eran realmente hermosas y la luna brillaba alta y prístina. El humo del cigarro comenzó a ascender como una seductora serpiente ante mis ojos. Sí. Seguramente al día siguiente podríamos volver a Gladeburg, nuestra gloriosa capital. Qué tendría esa ciudad, qué tendría nuestro Imperio, que no paraba de pensar en él, en la capital, en las calles abarrotadas de nuestras banderas, de los anuncios irrefrenables de nuestros éxitos por las megafonías y pantallas televisibas que decoraban la ciudad. Carteles. Festividades ¡En nombre del líder, larga vida a Gladeburg y al Imperio del Sol Rojo! Comencé a reirme como un estúpido en la soledad de la noche. Emer llevaba bastante tiempo ya fuera, se lo debería de estar pasando pipa con aquella panda de zorras lamiéndole el rabo. Ah, yo también anhelaba el calor de la carne, de la que más disfrutaba... ¿Es que no había un ángel en el cielo que pudiera bajar a colmarme de los placeres de los que un hombre de acción merece y necesita? Alcé la mirada como si realmente suplicara y joder si debieron escucharme. Un ligero movimiento de tierra me llamó la atención. Llevé la mano al cinturón para sacar la pistola del estuche y me preparé. Agucé la vista, calmado, con el cigarro en la boca. Entonces apareció la niña. Tendría unos diez años. Era bellísima. Su pelo sucio estaba recogido en una bonita trenza. Llevaba una chaquetilla rosa algo destrozada y unos pantalones marrones llenos de cortes. Tan dulce. Tan brillante aún en la oscuridad del bosque que estaba cerca de aquel sucio bar... -Hola cariño- dije, enfundando la pistola -¿Te has perdido?- la chica me miraba con ojos temerosos. Era como una gacela. Un cervatillo. Me encantaba jugar a ser el lobo -Me llamo Gustav. Puedes confiar en mí- la niña se acercó un paso -Eso es tesoro, ven. Ven con Gustav ¿Estás sola?- pregunté de nuevo. Esta vez asintió -Oh... qué lástima, mi dulce y hermosa niña- caminé hacia ella despacio. Ella retrocedió un poco -No, no, no. Tranquila. Ven, verás- me arrodillé para que ella no me viese como un peligro -Mira- señalé el emblema del sol rojo en mi gabardina -¿Ves? Soy Gustav Shmerkel, capitán de la División 21 del glorioso Imperio- dije sonriente -Soy un hombre fuerte y poderoso. Te puedo ayudar y proteger ¿Quieres comer o beber algo? Yo te lo puedo ofrecer. Sólo tienes que venir conmigo- la niña pareció dudar -¿No quieres entrar en calor y comer algo?- entonces con un gesto comenzó a señalar hacia la oscuridad -¿Qué? ¿Qué pasa?- hacia gestos y señas -¿No sabes hablar?- ella negó con la cabeza y volvió a señalar. Incluso pataleó un par de veces. Su mirada era pura súplica y eso me estaba poniendo los pelos de punta. Se me estaba endureciendo cada parte del cuerpo con ese brillo de sus ojos -¿Quieres que te siga? ¿Hay algo allí?- asintió -¿Qué hay? ¿Un monstruo?- sonreí y ella negó -¿Tu familia?- ella asintió -Oh... ¿Ha pasado algo malo, corazón?- ella asintió de nuevo. Corrió hacia mí por un instante y me tomó la mano. Tiró de mí -Eh, eh, tranquila- sonreí -Vale ¿Quieres que Gustav te ayude?- volvió a asentir -Entonces vale. De acuerdo, vamos allá- saqué una linterna del cinturón e iluminé la oscuridad -A ver, a ver qué tenemos por aquí- ella comenzó a liderar el camino y mis ojos bajaron hacia esas pequeñas y redondeaditas curvitas que estaban casi empezando a tomar forma. Tan llamativa, tan atractiva. Debía admitir que el cielo me había escuchado. Un angelito aparecido de la nada me invitaba cordialmente a caminar hacia la oscuridad de un cercano bosque. Su familia, fuese quien fuese, poco o nada importaba. Para no alarmar a nadie esperaría un momento a alejarnos donde no la oyesen gritar y ahí la haría mía. Placeres de la vida.

Caminé tras ella durante unos metros más hasta que aceleré el paso para darle caza. Mi sorpresa fue que ella se detuvo en el sitio, mirando de pronto a todas direcciones -¿Estás perdida?- le puse una mano en el hombro -Oh cariño, no te preocupes. Gustav te cuidará ¿De acuerdo?- me agaché despacio y dejé la linterna en el suelo. La abracé desde su espalda -Oh, qué calentita estás...- dije pícaro mientras besaba una de sus mejillas. Luego su dulce y delicado cuellecito de cisne -No tengas miedo- le susurré mientras la sentía agitarse con nerviosismo -No te haré daño. No mucho- comencé a reir extasiado mientras le besaba cada pequeño retal de piel que me permitía su ropa. Hacía frío sí, pero la haría entrar en calor. Ella comenzaba a revatirse y revatirse -Vamos, mocosa. Estate quieta de una vez- la derribé al terreno húmedo. Las manos se le llenaron de tierra, que me restregó por la cara intentando apartarme -Quieta... ¡Quieta!- ordené -¡Estás bajo el control de un capitán del Imperio! ¡No tengas la osadía de contrariarme!- la niña se encogió y casi rompía a llorar. Cuánto me excitaba verlas así... yo era quien tenía el total y absoluto control. Era un dios contra una simple humanita desdichada -Ahora... pórtate bien con Gustav... y haz sentir bien a este capitán ¿Sí?- le susurré con delicadeza y dulzura
-A sus órdenes capitán- dijo una voz a mis espaldas. Cuando giré el rostro alarmado para ver al desconocido, lo último que vi fue algo metálico dirigirse hacia mi campo de visión.

John

Desenterré el machete de la cara del capitán del Imperio cuando el cadáver de éste cayó al suelo con un golpe seco. Le había partido literalmente la cara en dos. Y el muy bastardo se lo merecía. Al sacar la cuchilla de su craneo uno de sus ojos se descolgó de forma grotesca, asquerosa. Y sin embargo me complació verlo. Gustav. Un capitán menos. Ya eran dos aquella noche. Mi atención cambió entonces a la niña, que me miraba con ojos llorosos y la respiración entre cortada. Me acuclillé ante ella y la agarré de los hombros -Izzy... ¿Puedo saber en qué demonios estabas pensando?- ella me miraba en silencio, como siempre -¿¡En qué demonios estabas pensando!?- repetí, agitándola. Ella no me echó demasiada cuenta. Se fijó en las dos personas que venían conmigo
-H-hola, guapa- dijo una de las chicas. Estaba magullada y uno de los labios estaban reventados. Se llamaba Cassandra y la otra Olivia. Estaban retenidas en el aparcamiento del bar, siendo forzada por soldados y otro capitán al que también le arrebaté la vida. No... no podía dejarlas allí sin ninguna clase de ayuda. Izzy las miraba con sumo interés
-Que sea la última vez que te escabulles y haces las cosas a tu manera ¿Está claro?- regañé -Me parece fantástico que tengas agallas para vivir en esta asquerosa sociedad actual pero ni de coña te creas capaz de ser una adulta autosuficiente ¡Sólo tienes diez años!-
-Oye, no te pases tanto con ella- dijo Olivia. Las miré a ambas. Cassandra era mulata. Muy jóven. Apenas tendría 19 o 20 años, bastante atractiva pese a sus heridas. Olivia era más mayor. Cerca de los 40, más dura, con una mirada penetrante -Sólo quiso ayudar-
-Disculpa, pero como digo, tiene diez años y si no has podido ver por la oscuridad, acaba de estar a punto de ser violada por un montón de mierda sádica- siseé furioso
-Las cosas pasan. Ella decidió tomar una decisión y la ha llevado hasta el final. Tú has estado para ayudarla-
-¡No se trata de estar para ayudarla!- gruñí -¿Porque qué pasaría si no estoy?-
-Ese es tu problema, si alguna vez no estás- dijo simplemente encogiéndose de hombros. No, ni de coña. No podía estar de acuerdo pero ¿Qué esperar de una mujer que pertenecía a los rebeldes? Parecía carecer de todos sentimiento. Era yo quien conocía a Izzy y no podía... no podía dejarla hacer a su antojo. No podía hablar. No podía pedir ayuda a distancia. Debía cuidarla y protegerla si la había aceptado a mi lado. Y en esos momentos lo primordial era abandonar el lugar lo más rápido posible. Con dos capitanes muertos, no tardarían en dar la voz de alarma. Y no me equivocaba. En apenas empezar a andar, se oyeron gritos lejanos, voces furiosas. Entonces una luz comenzó a ascender al nocturno cielo: vengalas
-Ya nos buscan- observó Olivia
-No me digas...- gruñí -Será mejor que corramos, ahora-
-Seguidme, conozco un lugar no muy lejos de aquí en el que podemos escondernos- decidí hacerle caso, pues por el momento eramos aliados. Nos guiaba hasta un museo de vida natural que había más allá en el bosque de Vlade. Alegaba que era un lugar en el que nos refugiaríamos fácilmente. No contabamos con que otra parte de la historia había llevado al enemigo a casa...