Nora
Me faltaba el aliento mientras corría a aquella velocidad que ni yo misma sabía que poseía. La mano me temblaba cercana al bolsillo del pantalón, donde asomaba la culata de un revólver oscuro, por supuesto, robado. No quería usarla, pero los cielos sabían que en el peor de los casos, apretaría en gatillo sin dudar.
Quizá fue un mecanismo de defensa de mi propio cuerpo, quizás lo había hecho de manera inconsciente, pero llegó un momento en el que la velocidad de mi carrera se redujo, de manera que pude ver las luces de las linteras dibujadas sobre la superficie de los edificios que tenía frente a mí, a pesar de la intensa lluvia que estaba cayendo. También pude oír el ladrido de los perros, olisqueando mi rastro y señalando el camino que yo misma había tomado. Sabía de qué raza eran sin haberlos visto. Prácticamente, lo sabía todo de aquellos quienes me perseguían, y por ello, también sabía que dejarme capturar sería mi fin, o algo mucho peor.
Me retiré los cabellos de la cara que caían de la coleta que llevaba puesta. La lluvia y la carrera me estaban despeinando y por lo tanto, los pelos se me pegaban a la cara y al cuello. Estaba calada hasta los huesos y eso me incomodaba a la hora de correr. No podía más. Me dolía todo el cuerpo. Si hubiese sabido que me econtrarían tan pronto... Me dolía la garganta. Casi no podía ya respirar cuando divisé una estructura medianamente en pie. Sus puertas de cristal destruidas y sus carros de la compra desperdigados por el suelo, me hicieron entender que aquello, hacía diez años, debió ser un supermercado. Ahora, solo era un montón de ladrillos y ceniza. Sin pensármelo dos veces, cambié la dirección de la huida hacia aquel lugar. No tuve tiempo para descubrir cual era el mejor sitio para entrar. Salté los escombros conforme aparecieron en mi camino. Rodé por el suelo tras caerme y volví a ponerme en pie, para traspasar lo que quizás antes fue una ventana. Una vez dentro, la oscuridad me invadió. El sonido de las gotas de lluvia, los gritos de los soldados y el ladrido de los perros no me dejaron pensar con claridad. Finalmente, decidí esconderme bajo una encimera... o ¿Quizás fuera una mesa larga? No lo sabía. Estaba destrozada y llena de escombros, basura y suciedad. Recogí mis piernas y me terminé de ocultar bajo dos tablas de cartón que había en el suelo. Ahora solo me quedaba... esperar...
Los soldados se pararon a las afueras del supermercado. La luz de sus linternas se colaba hacia el interior según me buscaban. Oía como la lluvia caía sobre sus chubasqueros oscuros, así como las cadenas con las que sujetaban a los perros cuando tocaban el suelo y se arrastraban. Pero ver... no pude ver nada. No me atrevía. Me daba auténtico terror. Por eso, cuando los oí cerca, casi no pude pensar porque el sonido de mi corazón latiendo con fuerza era lo único se sobreponía a la voz de mis propias ideas.
-¡No la encuentro!- gritó un soldado.
-Ha desaparecido, la muy zorra-
-Nos van a fusilar como no la encontremos ¿Me oís? Y si la encontramos, tened por seguro que nos bañaremos esta noche en billetes y lujo ¡Así que vamos! ¡No puede haber ido muy lejos, no en su estado!-
-Pues dividámonos. Tres hacia el Oeste, nosotros hacia el Este. Registrádlo todo... tiene que estar por aquí- Las pisadas sobre el suelo enfangados se intensificaron conforme se acercaron al supermercado. Por supuesto, los tres que se dirigieron hacia el Norte, lo primero que hicieron fue detenerse frente al supermercado.
Los perros entraron con un olfato imposible de esquivar. Los soldados caminaron tras ellos, armas en mano, supuse. Estaba perdida. Lo supe en cuanto su campo de búsqueda se fue reduciendo lentamente hacia mí. Dieron golpes, abrieron puertas, buscaron bajo mesas, tras armarios... y antes de lo que hubiese deseado, los perros llegaron hacia mí. No me quedaba elección. Apreté el gatillo tres veces para infringir una herida invalidante, prácticamente letal a los dos animales que los soldados trajeron, quienes se vieron alertados con el sonido de los disparos. Tuve suerte de que estuviesen aún al otro lado del supermercado, pues me dio tiempo a salir de debajo de aquella superficie y girarme para disparar. No era una buena tiradora, de manera que cada disparo, fue una bala perdida en vano. Los soldados se cubrieron tras las estanterías y no conseguí herir a ninguno. Cuando apreté el gatillo y el arma dejó de emitir sonido, eché a correr. -¡¡¡Alto!!!- gritó uno de los soldados, quien acabó por disparar. La bala me perforó el hombro desde atrás. Juraría que la vi salir por la clavícula justo después de gritar de puro dolor. -¡No dispares, imbécil! ¡Si la matamos nos matarán a nosotros!- oí decir al otro soldado cuando conseguí salir. Si los otros soldados habían ido hacia la zona Oeste de aquel pueblo, de seguro yo no iba a tomarla. Corrí hacia las espaldas del edificio y corrí, una vez más en persecución, hasta que conseguir atravesar la ciudad y dar de bruces contra el bosque que la rodeaba. Un bosque que ya me había costado dejar atrás hacia a penas unas horas, pero... No me quedaba otra.
Las lágrimas se me derramaban de forma desconsolada por miedo y dolor. Agarrándome el hombro, encogiendo la barbilla y moviendo los pies a toda prisa, me vi nuevamente perseguida por el Imperio. Me dolía cada hueso, cada músculo, cada zona de mi cuerpo... un cuerpo que ya no me pertenecía, todo por culpa de ellos. Sentía que ya no podía más, que me iba a caer derrumbada y me iba a entregar, cuando caí. Caí de una forma que no esperé a una distancia que no había calculado. Resbalé por una ladera de fango que se desprendía conforme la lluvia se intensificaba más. Despeñandome entre las rocas y los troncos de árboles caídos, toqué por fin suelo liso. Me había herido más y golpeado más, sí, pero aquel resbalón había supuesto una ventaja. Volví a ponerme en pie y corrí. Corrí. Corrí sin mirar atrás.
No me podían atrapar. Si me atrapaban... se acabaría la humanidad.
Las lágrimas se me derramaban de forma desconsolada por miedo y dolor. Agarrándome el hombro, encogiendo la barbilla y moviendo los pies a toda prisa, me vi nuevamente perseguida por el Imperio. Me dolía cada hueso, cada músculo, cada zona de mi cuerpo... un cuerpo que ya no me pertenecía, todo por culpa de ellos. Sentía que ya no podía más, que me iba a caer derrumbada y me iba a entregar, cuando caí. Caí de una forma que no esperé a una distancia que no había calculado. Resbalé por una ladera de fango que se desprendía conforme la lluvia se intensificaba más. Despeñandome entre las rocas y los troncos de árboles caídos, toqué por fin suelo liso. Me había herido más y golpeado más, sí, pero aquel resbalón había supuesto una ventaja. Volví a ponerme en pie y corrí. Corrí. Corrí sin mirar atrás.
No me podían atrapar. Si me atrapaban... se acabaría la humanidad.
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