Gustav
Ah, un nuevo día de trabajo completo para esta grandísima y gloriosa nación. Aquel era el único pensamiento que me infestaba la mente como una gran colmena de abejas que buscaban alimentar a la reina que era mi propio ego. Y vaya si lo hacían. En toda una sola jornada habíamos peinado la zona sur de la ciudad de Vlade hasta los bosques que militaban el condado con Dalwar. Qué magnífico día de caza. Me senté por fin mientras el sol caía en el horizonte, me quité el sombrero del uniforme y lo dejé sobre la barra de aquel bar de mala muerte que a duras penas se mantenía en pie. Varios de los chicos estaban desperdigados por el lugar. Ni un sólo civil. Y así estaba bien. Respetar el toque de queda era algo esencial si querían ser unos buenos nuevos ciudadanos del Imperio. Nuestro gran y amado líder estaría encantado con los resultados de una nueva conquista. Esperaba que pronto me llegaran noticias de sus opiniones al respecto -¡Gustav, cabronazo!- Emer, compañero de otra división, había llegado -¡Qué gran triunfo el de hoy!- se acercó hasta mi asiento y me abrazó con efusividad. Me sentía un caballero lleno de gloria
-Ah, Emer, ojalá hubieses estado aquí-
-Ya te digo- me dio con el puño en el hombro -¿Cuantos hoy?-
-Al menos una docena. Tendrías que haberles visto las caras-
-¿Hembras?-
-Cinco o seis- di un sorbo a mi copa cuando me fue servida. Cómo entraba el whiskey a esas horas.
-¿Potables?-
-Quizá. Júzgalo tú- hice un gesto con la cabeza hacia los cuartos de baño. Allí mis hombres hacían fila. En ese preciso instante salía uno subiéndose la bragueta del uniforme
-Oye... ¿Quién te crees que soy? No voy a meterla en el caldo de cultivo que están montando ahí tus hombres- gruñó, ofendido
-Eh, eres tú el que pregunta- me encogí de hombros, dando otro sorbo al whiskey -Además, son rebeldes ¿Qué esperas? ¿Que las guardemos para una ocasión especial?-
-Ya sabes lo que se comenta respecto al líder-
-A nuestro líder le gusta dominarlas, hacer de ellas sus juguetes y sólo si tienen cierta importancia. Nuestro líder es... es más que sexo. Es más que el placer carnal de meterla en caliente. Nuestro líder va más allá. Es algo mental. Es algo espiritual. Sólo busca acercar a las mentes y los cuerpos de esas mujeres a algo más cercano a la divinidad. Como nosotros-
-Tienes razón- asintió Emer -Imagino que el tiempo de nuestro líder no vale ni unos segundos de la vida de esas zorras guerrilleras-
-Y tanto que no- me encogí de hombros de nuevo -Son incluso... repulsivas, según. Hay una de ellas que tiene más músculos que yo ¿Te lo puedes creer?- Emer se rió y me dio un par de golpecitos en la barriga
-No es tan difícil Gustav- se mofó
-Te la estás jugando- le señalé con el dedo, risueño, en tono bromista
-No soy de las de tu gusto- contestó él jocoso
-En eso llevas razón. Sólo por eso, amigo mío, vas a estar a salvo-
-Bah. En ese caso me voy a pasar a echarles un vistazo ¿Estan todas ahí?-
-Algunas. El baño no es muy grande. Otras dos están por ahí atrás, en el aparcamiento. Hace algo de frío así que no esperes sacártela si no es para una mamada rápida- sugerí
-Uno nunca sabe cuando se entra en calor- se encogió de hombros y se marchó. Ah, el bueno de Emer. Un gran amigo y confidente. De los pocos en los que confiaba en la división de capitanes... Eramos poderosos, oh sí, pero a veces, uno se sentía terriblemente solo.
Ya había caido la noche y el alcohol me había subido ¡Estaba pletórico, aún así! Di permiso a todos mis chicos para que se divirtieran hasta altas horas. Habíamos limpiado la zona de rebeldes y no había rastro de más, de manera que poco combate habría que entablar. Salí al exterior a fumarme un cigarro. Las estrellas eran realmente hermosas y la luna brillaba alta y prístina. El humo del cigarro comenzó a ascender como una seductora serpiente ante mis ojos. Sí. Seguramente al día siguiente podríamos volver a Gladeburg, nuestra gloriosa capital. Qué tendría esa ciudad, qué tendría nuestro Imperio, que no paraba de pensar en él, en la capital, en las calles abarrotadas de nuestras banderas, de los anuncios irrefrenables de nuestros éxitos por las megafonías y pantallas televisibas que decoraban la ciudad. Carteles. Festividades ¡En nombre del líder, larga vida a Gladeburg y al Imperio del Sol Rojo! Comencé a reirme como un estúpido en la soledad de la noche. Emer llevaba bastante tiempo ya fuera, se lo debería de estar pasando pipa con aquella panda de zorras lamiéndole el rabo. Ah, yo también anhelaba el calor de la carne, de la que más disfrutaba... ¿Es que no había un ángel en el cielo que pudiera bajar a colmarme de los placeres de los que un hombre de acción merece y necesita? Alcé la mirada como si realmente suplicara y joder si debieron escucharme. Un ligero movimiento de tierra me llamó la atención. Llevé la mano al cinturón para sacar la pistola del estuche y me preparé. Agucé la vista, calmado, con el cigarro en la boca. Entonces apareció la niña. Tendría unos diez años. Era bellísima. Su pelo sucio estaba recogido en una bonita trenza. Llevaba una chaquetilla rosa algo destrozada y unos pantalones marrones llenos de cortes. Tan dulce. Tan brillante aún en la oscuridad del bosque que estaba cerca de aquel sucio bar... -Hola cariño- dije, enfundando la pistola -¿Te has perdido?- la chica me miraba con ojos temerosos. Era como una gacela. Un cervatillo. Me encantaba jugar a ser el lobo -Me llamo Gustav. Puedes confiar en mí- la niña se acercó un paso -Eso es tesoro, ven. Ven con Gustav ¿Estás sola?- pregunté de nuevo. Esta vez asintió -Oh... qué lástima, mi dulce y hermosa niña- caminé hacia ella despacio. Ella retrocedió un poco -No, no, no. Tranquila. Ven, verás- me arrodillé para que ella no me viese como un peligro -Mira- señalé el emblema del sol rojo en mi gabardina -¿Ves? Soy Gustav Shmerkel, capitán de la División 21 del glorioso Imperio- dije sonriente -Soy un hombre fuerte y poderoso. Te puedo ayudar y proteger ¿Quieres comer o beber algo? Yo te lo puedo ofrecer. Sólo tienes que venir conmigo- la niña pareció dudar -¿No quieres entrar en calor y comer algo?- entonces con un gesto comenzó a señalar hacia la oscuridad -¿Qué? ¿Qué pasa?- hacia gestos y señas -¿No sabes hablar?- ella negó con la cabeza y volvió a señalar. Incluso pataleó un par de veces. Su mirada era pura súplica y eso me estaba poniendo los pelos de punta. Se me estaba endureciendo cada parte del cuerpo con ese brillo de sus ojos -¿Quieres que te siga? ¿Hay algo allí?- asintió -¿Qué hay? ¿Un monstruo?- sonreí y ella negó -¿Tu familia?- ella asintió -Oh... ¿Ha pasado algo malo, corazón?- ella asintió de nuevo. Corrió hacia mí por un instante y me tomó la mano. Tiró de mí -Eh, eh, tranquila- sonreí -Vale ¿Quieres que Gustav te ayude?- volvió a asentir -Entonces vale. De acuerdo, vamos allá- saqué una linterna del cinturón e iluminé la oscuridad -A ver, a ver qué tenemos por aquí- ella comenzó a liderar el camino y mis ojos bajaron hacia esas pequeñas y redondeaditas curvitas que estaban casi empezando a tomar forma. Tan llamativa, tan atractiva. Debía admitir que el cielo me había escuchado. Un angelito aparecido de la nada me invitaba cordialmente a caminar hacia la oscuridad de un cercano bosque. Su familia, fuese quien fuese, poco o nada importaba. Para no alarmar a nadie esperaría un momento a alejarnos donde no la oyesen gritar y ahí la haría mía. Placeres de la vida.
Caminé tras ella durante unos metros más hasta que aceleré el paso para darle caza. Mi sorpresa fue que ella se detuvo en el sitio, mirando de pronto a todas direcciones -¿Estás perdida?- le puse una mano en el hombro -Oh cariño, no te preocupes. Gustav te cuidará ¿De acuerdo?- me agaché despacio y dejé la linterna en el suelo. La abracé desde su espalda -Oh, qué calentita estás...- dije pícaro mientras besaba una de sus mejillas. Luego su dulce y delicado cuellecito de cisne -No tengas miedo- le susurré mientras la sentía agitarse con nerviosismo -No te haré daño. No mucho- comencé a reir extasiado mientras le besaba cada pequeño retal de piel que me permitía su ropa. Hacía frío sí, pero la haría entrar en calor. Ella comenzaba a revatirse y revatirse -Vamos, mocosa. Estate quieta de una vez- la derribé al terreno húmedo. Las manos se le llenaron de tierra, que me restregó por la cara intentando apartarme -Quieta... ¡Quieta!- ordené -¡Estás bajo el control de un capitán del Imperio! ¡No tengas la osadía de contrariarme!- la niña se encogió y casi rompía a llorar. Cuánto me excitaba verlas así... yo era quien tenía el total y absoluto control. Era un dios contra una simple humanita desdichada -Ahora... pórtate bien con Gustav... y haz sentir bien a este capitán ¿Sí?- le susurré con delicadeza y dulzura
-A sus órdenes capitán- dijo una voz a mis espaldas. Cuando giré el rostro alarmado para ver al desconocido, lo último que vi fue algo metálico dirigirse hacia mi campo de visión.
John
Desenterré el machete de la cara del capitán del Imperio cuando el cadáver de éste cayó al suelo con un golpe seco. Le había partido literalmente la cara en dos. Y el muy bastardo se lo merecía. Al sacar la cuchilla de su craneo uno de sus ojos se descolgó de forma grotesca, asquerosa. Y sin embargo me complació verlo. Gustav. Un capitán menos. Ya eran dos aquella noche. Mi atención cambió entonces a la niña, que me miraba con ojos llorosos y la respiración entre cortada. Me acuclillé ante ella y la agarré de los hombros -Izzy... ¿Puedo saber en qué demonios estabas pensando?- ella me miraba en silencio, como siempre -¿¡En qué demonios estabas pensando!?- repetí, agitándola. Ella no me echó demasiada cuenta. Se fijó en las dos personas que venían conmigo
-H-hola, guapa- dijo una de las chicas. Estaba magullada y uno de los labios estaban reventados. Se llamaba Cassandra y la otra Olivia. Estaban retenidas en el aparcamiento del bar, siendo forzada por soldados y otro capitán al que también le arrebaté la vida. No... no podía dejarlas allí sin ninguna clase de ayuda. Izzy las miraba con sumo interés
-Que sea la última vez que te escabulles y haces las cosas a tu manera ¿Está claro?- regañé -Me parece fantástico que tengas agallas para vivir en esta asquerosa sociedad actual pero ni de coña te creas capaz de ser una adulta autosuficiente ¡Sólo tienes diez años!-
-Oye, no te pases tanto con ella- dijo Olivia. Las miré a ambas. Cassandra era mulata. Muy jóven. Apenas tendría 19 o 20 años, bastante atractiva pese a sus heridas. Olivia era más mayor. Cerca de los 40, más dura, con una mirada penetrante -Sólo quiso ayudar-
-Disculpa, pero como digo, tiene diez años y si no has podido ver por la oscuridad, acaba de estar a punto de ser violada por un montón de mierda sádica- siseé furioso
-Las cosas pasan. Ella decidió tomar una decisión y la ha llevado hasta el final. Tú has estado para ayudarla-
-¡No se trata de estar para ayudarla!- gruñí -¿Porque qué pasaría si no estoy?-
-Ese es tu problema, si alguna vez no estás- dijo simplemente encogiéndose de hombros. No, ni de coña. No podía estar de acuerdo pero ¿Qué esperar de una mujer que pertenecía a los rebeldes? Parecía carecer de todos sentimiento. Era yo quien conocía a Izzy y no podía... no podía dejarla hacer a su antojo. No podía hablar. No podía pedir ayuda a distancia. Debía cuidarla y protegerla si la había aceptado a mi lado. Y en esos momentos lo primordial era abandonar el lugar lo más rápido posible. Con dos capitanes muertos, no tardarían en dar la voz de alarma. Y no me equivocaba. En apenas empezar a andar, se oyeron gritos lejanos, voces furiosas. Entonces una luz comenzó a ascender al nocturno cielo: vengalas
-Ya nos buscan- observó Olivia
-No me digas...- gruñí -Será mejor que corramos, ahora-
-Seguidme, conozco un lugar no muy lejos de aquí en el que podemos escondernos- decidí hacerle caso, pues por el momento eramos aliados. Nos guiaba hasta un museo de vida natural que había más allá en el bosque de Vlade. Alegaba que era un lugar en el que nos refugiaríamos fácilmente. No contabamos con que otra parte de la historia había llevado al enemigo a casa...
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